Excusa religiosa para la violencia

27/Sep/2012

El Observador, Editorial

Excusa religiosa para la violencia

La violencia desatada en el mundo musulmán por publicaciones ofensivas sobre Mahoma, con decenas de muertos y multitudes enardecidas en las calles, refleja la distorsión del fervor religioso en odio político y protesta social. Un video injurioso sobre el fundador del islam, propalado en internet por un californiano, y posteriores caricaturas de igual tenor en Francia bastaron para que los líderes del más extremo radicalismo musulmán alentaran un nuevo estallido de masivas protestas populares. Es posible que quienes lideraron los disturbios actuaran guiados en gran parte por sus convicciones religiosas.
Pero es claro que las masas de manifestantes en casi todos los países árabes y otros de igual predominancia musulmana fueron impulsadas también por un factor político y otro social. El odio a Estados Unidos por su apoyo a Israel, luego de casi seis décadas de frustraciones bélicas en procura de aplastar al Estado judío, estuvo presente en la violencia que se ha desatado en naciones musulmanas y hasta en comunidades en países occidentales. Lo evidenciaron los ataques a instalaciones diplomáticas de ese país, quemas de sus banderas y hasta el asesinato del embajador de Washington en Libia y otros diplomáticos.
Las multitudes lanzadas a las calles fueron motivadas también por su latente actitud de rebeldía contra la pobreza, la falta de oportunidades educativas y otras carencias en sus precarias condiciones de vida. Los manifestantes son los mismos que participaron en el fiasco de la llamada primavera árabe, que condujo al derrocamiento de inicuas dictaduras perdurables en Egipto, Libia y Túnez y mantienen en jaque a las de Yemen y Siria. Su frustración los convierte en un polvorín que estalla ante la menor chispa, encendida ahora por fundamentalistas que han incluido al salaf, un sector minoritario que ha salido de su retiro de pureza religiosa para incorporarse activamente a las explosiones insurrectas.
La situación embreta a Estados Unidos y a otras potencias occidentales. Apoyaron durante años regímenes dictatoriales y luego se subieron con expectativas positivas al tren de la primavera árabe, sin percibir que quizá conduciría, por lo menos en los primeros tiempos, a situación peor que la que imperaba antes en muchos países árabes. Por otra parte, tampoco pueden reprimir en sus territorios la libertad de expresión, parte integral de la estructura en todo estado de derecho en el mundo occidental, como lo han hecho en los frecuentes ataques o presentaciones derogatorias del cristianismo o el judaísmo. Pero todo es diferente en el mundo musulmán, en el que las voces de líderes moderados que condenan el recurso a la violencia se pierden en la furia de dirigentes extremistas y en la propensión a los desbordes violentos con que ventilan sus frustraciones vastas masas populares.
Esta ebullición desordenada solo se calmará el día en que los sectores más extremistas y desordenados del mundo islámico depongan su fútil hostilidad contra Israel y las potencias que lo apoyan, cuando sus líderes se concentren en mejorar la vida de pueblos empobrecidos y atrasados y cuando todos compartan la posición de los dirigentes musulmanes más maduros de que el islam nació como una religión de paz y no como un instrumento de confrontación por las armas y la violencia.